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La Gaceta de los Negocios

Fermín Vazquez, Arquitecto

Opinión

El incendio del edificio Windsor ha suscitado las mismas preguntas sobre el futuro de los rascacielos que tanto se plantearon a raíz del 11-S. Se han llegado a oír y leer estos días comentarios que poco menos que justifican un merecido y babeliano castigo a la arrogancia de los hombres al transgredir los límites de su condición construyendo demasiado alto.
 Sin desdeñar las lecciones que deben aprenderse de accidentes como éste, merece la pena insistir en que los edificios en altura no sólo son seguros, si están adecuadamente diseñados, sino que en muchos casos son urbanística, social y medioambientalmente convenientes. En el mundo hay miles de edificios con alturas superiores a los 100 metros y los accidentes como los de Madrid son extraordinariamente raros. Obviamente la seguridad total no existe ni en la construcción y uso de los edificios, ni en ninguna otra actividad humana. Una seguridad absoluta supondría, teóricamente, un consumo infinito de recursos para obtenerla. Lo que podemos hacer es adecuar los medios destinados a reducir los niveles de riesgo hasta un nivel aceptable. Todos los días millones de personas asumimos conscientemente riesgos muy superiores al de trabajar o vivir en un rascacielos. De hecho, los rascacielos son en general mucho más seguros que muchos de los edificios que utilizamos cotidianamente, de la misma forma que volar en avión es mucho más seguro que hacerlo en coche a pesar de lo aparatoso de los accidentes aé-reos.
 Por otra parte, conviene recordar en estos días próximos a la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, que la resistencia del planeta a nuestra forma actual de vivir tiene un límite y que retirar los residuos y transportar agua y energía a habitantes dispersos de ciudades que no paran de crecer en extensión no parece eternamente viable. Es mucho más sensato concentrar las actividades humanas en ciudades densas en las que los edificios altos son una racional consecuencia.
 Sería bueno ver más edificios altos y menos crecimientos de repetitivas extensiones de desleídas nuevas manzanas e hileras que no sólo no crean sino que destruyen la posibilidad de una mínima verdadera calidad urbana.
 Evidentemente no en todas partes es necesario o conveniente levantar un rascacielos y el impacto de los edificios de gran altura debe ser cuidadosamente calibrado en la planificación urbana y en su concepción arquitectónica. Pero en todo caso no nos engañemos sobre dónde están los mayores riesgos para el futuro de nuestras ciudades. Estemos a la altura.