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La Gaceta de los Negocios

Xavier F. Vidal, Jefe de Redacción

EDITORIAL

De todas las disciplinas artísticas quizás la arquitectura sea la que más ampliamente sobrepasa el ámbito estricto de lo cultural para repercutir en muchos casos sobre otros aspectos, tales como la sociedad, la política o la economía. Un ejemplo lo encontraríamos en este último aspecto: la construcción es un sector fundamental en el desarrollo económico del país, y el arquitecto debe velar para que la cantidad sea compatible con la calidad. De la misma forma los pisos deben ser “habitables”, contribuyendo a la calidad de vida de sus propietarios.
Otro sector económico fundamental para España es el turístico, y también ahí la arquitectura debe tener un papel clave: la competencia de países emergentes con costes más baratos nos obliga a ampliar la oferta a algo más que “sol y playa”: los atractivos culturales del país pueden ser un incentivo y, en este sentido, la arquitectura que se realiza actualmente también puede ser un valor para conseguir un turismo de más calidad.

Precisamente este aspecto está siendo uno de los temas más polémicos relativos a la arquitectura y su relación con el entorno urbanístico e incluso social. Siguiendo el ejemplo del Bilbao con el Museo Guggenheim, muchas ciudades encargan a arquitectos internacionales de prestigio la construcción de edificios para que se conviertan en símbolos, transformando de paso a las propias ciudades en "marcas" únicas y por tanto más fácilmente vendibles, consiguiendo así ingresos económicos al atraer, entre otros, a turistas, empresas e inversores extranjeros. Sucedió en Barcelona con la Torre Agbar de Jean Nouvel y sucederá en breve en Oviedo (Calatrava), Córdoba (Koolhaas), Sevilla (Pelli), Zaragoza (Hadid) y Bilbao (Isozaki), entre otros. Todo ello no debe ser un problema siempre y cuando estos edificios “mediáticos” se integren en los entornos arquitectónico y topográfico, incluso social, en el que se ubican. El objetivo último de estos arquitectos no debería ser dejar su  impronta personal y sí velar por que sus creaciones se integren en el paisaje y el tejido urbano.

Ya existen muchas voces que se levantan en contra de este fenómeno. En gran parte de estos casos no se pone en duda la calidad del proyecto en sí; lo que se cuestiona es si son adecuados desde un punto de vista de su integración urbanística. En efecto, no es fácil conjugar la singularidad con la contextualidad.

Comparten espacio en este suplemento especial dos de las obras antes mencionadas (el Palacio de Exposiciones y Congresos que Santiago Calatrava proyecta en Oviedo y el Isozaki Atea de Bilbao, cuyo autor, Arata Isozaki, en una entrevista en estas mismas páginas, aboga por los edificios-símbolo, puesto que “los grandes proyectos urbanos tienen con frecuencia un gran efecto en la imagen y la diferenciación de una ciudad”) con varios arquitectos, menos conocidos para el gran público pero cuya obra y filosofía arquitectónicas buscan la representación de una libertad y personalidad creativas sin olvidar aspectos fundamentales como la funcionalidad del edificio -incluida la social- y la integración urbanística. El objetivo de esta publicación no es juzgar si unas obras tienen más o menos calidad que las otras, simplemente queremos mostrar que, entre los edificios emblemáticos que ejercen de símbolo de una ciudad entera y la abundante construcción mediocre dispersa a lo largo y ancho del país, existe una arquitectura de calidad, casi anónima, personal y a su vez concienciada y con argumentos sólidos.

No podemos olvidar, en un trabajo dedicado a la arquitectura, el papel fundamental de los materiales, los sistemas y elementos para la construcción, puesto que, como afirma el catedrático de la UPM, Luis de Villanueva, “la adecuada utilización de los mismos para resolver los problemas constructivos sólo es comparable con la expresividad que, por su acertado empleo, se  logra en la mejor arquitectura actual”. En definitiva, la reconocida calidad actual de la arquitectura española, de prestigio en todo el mundo, va de la mano también de un progreso en el campo de los materiales para lo cual requiere de importantes inversiones especialmente en I+D. Vemos, en definitiva y entroncando con lo dicho, cómo la arquitectura puede y debe contribuir en la mejora de la competitividad económica del país, ya sea como un hecho cultural de atractivo turístico -eso sí, sin que el edificio se imponga sobre su entorno, puesto que los arquitectos y, por qué no decirlo, los políticos, deben saber que la ciudad es un espacio de convivencia-, ya sea fomentando, en el campo de los materiales, la investigación y el desarrollo de avances tecnológicos: la innovación no debe referirse únicamente a la creatividad artística. •

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Redacción, España

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