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La Gaceta de los Negocios

Arquitectura y Fundaciones

El mundo de los arquitectos tiene dos proyecciones fundamentales: lo público y lo privado. Los Gobiernos dejan construir a cambio de imagen e impuestos. La arquitectura, y más el urbanismo, dan votos. Y los privados trabajan, unos para ganarse la vida con casas pareadas y valoraciones de terrenos; y otros, pocos, para la fama.

Las Fundaciones son instituciones sin ánimo de lucro, que pueden ser altamente lucrativas. Tienen obvias ventajas fiscales, aunque cotizan como cualquier sociedad anónima y, eso sí, están obligadas a dedicar el setenta por ciento de sus beneficios a los fines definidos en sus respectivos estatutos. Hasta aquí, no pinta mal el tema.

Por otra parte, la Arquitectura es poder adquisitivo, político y social. El hecho arquitectónico genera gran cantidad de intereses cruzados, de forma que el arquitecto estrella deviene político y el político se apoya en lo arquitectónico para obtener escaños. En el fondo, el político deviene arquitecto y el arquitecto se disfraza de político.

Todo esto es simplificar, ciertamente. Aunque es lo que ocurre en España y, muy por lo menos, en Europa Occidental: se proyectan ciudades desde lo político; se politizan arquitectos desde lo ciudadano. Entre la esfera política y el arquitecto mediático queda un estrecho papel de fumar, es decir, muy poco espacio para el desarrollo de proyectos e ideas de arquitectura sin ánimo de lucro. Y ahí están, o pueden estar –atrapadas– fundaciones dedicadas a la Arquitectura.

Lo anterior explica el hecho de que en España ciertas fundaciones vayan salpicadas de lo público o, incluso, encubiertamente fundadas por lo público. Fuera de nuestras fronteras, por ejemplo, la Alvar Aalto de Helsinki o la Le Corbusier de París tienen mucho de públicas y, casi, de nacionales. Lo que no ocurre en ninguna otra profesión, es posible en arquitectura: que un apellido estelar pueda disfrutar de un contenido simbólico internacional, mucho antes de que se lo haya concedido la Historia.

Hay también otro tipo de fundaciones, como la Eupalinos Fundación Privada en Barcelona, que ni abundan, ni pueden abundar. Son casos raros que ilustran hasta qué punto puede abrirse paso lo privado, desde la más pura ciudadanía, reclamando espacios de opinión y foros de debate. La Eupalinos nace pequeña, apuesta por el valor y los valores de Barcelona ciudad y pretende aliarse a los mejores. Y en esos casos, ¿dónde queda lo público? Lo público deberá llamar a la puerta de lo privado. Y de ahí siempre salen votos, aunque a repartir entre todos los partidos.

El caso de los Estados Unidos es distinto. En América la profesión de arquitecto es más liberal que en Europa. Y allí se puede influir sin tener un escaño en el Parlamento. Lo político y lo arquitectónico van más distanciados. Las iniciativas fundacionales en el campo de la arquitectura se desarrollan casi siempre de abajo a arriba de la pirámide. Es una determinada ciudad, la familia del arquitecto de fama o la iniciativa de un ideólogo, la que promueve la Fundación. Así la Frank Lloyd Wright en Taliesin, la Architecture Foundation de Chicago o la Architectural Foundation de Los Angeles.

En América los arquitectos que fundaron lo Moderno pertenecen al pueblo y no a los políticos. Que ya quisieran, como en Europa, hacer de aquéllos arma arrojadiza para encender a los votantes. Evidentemente hay gobiernos. Pero la gran arquitectura sirve para opinar a favor y en contra del Presidente de moda. La Arquitectura establece grupos de presión y tanques de opinión. Y, en este sentido, la gestión del concurso para las Torres gemelas, adjudicado a Libeskind, constituye un modelo interesante.

En cualquier caso, un reto fascinante: ampliar el estrecho margen entre lo público y lo privado arquitectónico con nuevos formatos institucionales. De ese desahogo nacerán nuevas fundaciones que tenderán puentes entre la Arquitectura y otros temas que interesan: el Pensamiento, la Sociología, la Ética, la Comunicación o la Moda. Y se habrá ampliado el espacio para la arquitectura no lucrativa para el bolsillo o para las urnas. Y habremos hecho arquitectura aprovechable, también desde el plano de las ideas y de las personas.