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La Vanguardia

Dr. Jordi Pou Fernández, Jefe de los Servicios de Pediatría y Urgencias del Hospital Universitari Sant Joan de Déu y Profesor Titular de la UB

Las enfermedades infantiles durante el invierno

Ayer, en la clase de mi hija había sólo la mitad de los niños, me decía mi vecina en el ascensor. María, la hija de mi vecina, tiene cinco años. En la guardería de mis nietas hay sólo tres niños en cada aula de los 10 o 12 que habitualmente hay. Los que han faltado están enfermos. En casi todos los colegios ocurre lo mismo. Las aulas están diezmadas y las guarderías medio vacías. Es el invierno. El frío ha llegado y, con él, los problemas de cada año. Los padres tienen verdaderos quebraderos de cabeza para ubicar a los niños y poder ir al trabajo. Los abuelos recobran un papel vital en el funcionamiento de la familia. Hay que hacer verdaderas filigranas para encontrar canguros. Los maestros tienen que hacer gala de experiencia y utilizar antitérmicos y cuidar de los pequeños hasta que los vienen a buscar.
 Los pediatras, al igual que los padres, los abuelos y los maestros temen la llegada del frío. Por experiencia, saben que, con él, llegan las aglomeraciones. Las consultas están repletas, a veces abarrotadas, las urgencias con colas enormes y horas de espera interminables. Y eso que el mundo sanitario, sabedor de que esto ocurrirá, se ha preparado y ha desplegado, como cada año, el llamado plan de invierno. Con él se intenta optimizar recursos, priorizar las necesidades, aumentar el personal cuando se puede (no hay que olvidar que no hay médicos ni enfermeras en situación de reserva para trabajar sólo en invierno y que hay los que hay, no más), pero como cada año será insuficiente. Y, ¿todo esto tiene una explicación? Lo cierto es que sí. El frío trae consigo un cambio de hábitos, una disminución de los mecanismos de defensa de las vías respiratorias y además nuevos agentes etiológicos, casi siempre virus, como por ejemplo el de la gripe. Todo esto unido a una edad específicamente vulnerable, la infantil, da como resultado el panorama descrito.

 La llegada del invierno hace que la gente esté más en casa. Con ello se favorece un cierto hacinamiento y se facilita el contacto entre personas y el contagio de unas a otras. Las casas, además, suelen utilizar calefacción de uno u otro tipo, que reseca el ambiente y en ocasiones incluso lo contamina (chimenea). No digamos si además hay fumadores en el entorno. La ventilación de los domicilios es menor con lo que la polución es mayor. Muchos de estos factores ambientales se encuentran también en las escuelas y sobre todo en las guarderías.
 Por si los hábitos y la situación ambiental no fuesen suficientes los mecanismos locales de defensa que habitualmente funcionan en nuestro cuerpo se alteran. El moco, cuya misión es atrapar gérmenes y agentes patógenos, es más espeso, cuesta más moverlo y eliminarlo. Los cilios, pequeños pelillos que se encuentran en las vías respiratorias, se mueven con más lentitud y por ello tienen más dificultad en limpiarlas, en eliminar tanto el moco como las partículas que podamos inhalar, entre ellas agentes infecciosos, que son agresivas para nuestro cuerpo y favorecen la infección. Por si todo ello no fuese suficiente, con las bajas temperaturas aparecen nuevos virus que se añaden a los habituales. La consecuencia de todo ello es que en invierno el número de niños enfermos aumenta. Las enfermedades más frecuentes son las rinofaringitis, las amigadalitis, las laringitis, las otitis y las bronquitis. Más específicas son la gripe y la bronquiolitis y mucho menos frecuentes las neumonías o bronconeumonías. La inmensa mayoría son de origen vírico y evolución benigna pero suelen cursar con fiebre y ello es lo que provoca angustia en la familia y provoca la visita al médico. Los niños, sobre todo los más pequeños, regulan muy mal la temperatura y con enfermedades banales pueden tener fiebres elevadas. 

 La gripe es una enfermedad estacional (propia de los meses fríos), producida por un virus, altamente contagiosa capaz de afectar a todas las personas, tanto adultos como niños. Es muy frecuente pero en contra de lo que muchos piensan menos de lo que parece. Ello es debido a que muchas veces se confunde con otras enfermedades como por ejemplo los resfriados comunes, las rinofaringitis, traqueítis, laringitis, bronquitis e incluso amigdalitis, ya que la gripe se suele manifestar con fiebre, escalofríos, dolor de cabeza, dolor muscular, mareo, pérdida de apetito, cansancio, dolor de garganta, moqueo nasal,  nauseas, vómitos y diarrea y muchos de ellos son comunes a estas enfermedades.

 La gripe es una enfermedad benigna en el niño sano que se cura sola. Tan sólo los antitérmicos como el ibuprofeno o el paracetamol deben ser utilizados para aliviar la fiebre y el dolor. Aunque existe una vacuna para prevenirla que, en el caso de usarse debe administrarse cada año; en el momento actual la Asociación Española de Pediatría  no recomienda su administración a todos los niños, si no sólo a los que tienen enfermedades crónicas del aparato respiratorio o cardíaco, o  viven situación de inmunosupresión o conviven con adultos que podrían ser perjudicados en caso de contagiarse de la gripe.
 La bronquiolitis, producida generalmente por el Virus Sincitial Respiratorio (VRS), afecta, durante los meses de invierno, a los lactantes pequeñitos. Es una inflamación de la parte terminal del bronquio, el bronquiolo, que produce, en sus formas más graves, un déficit de oxigenación, con lo que el bebé respira mal, se cansa y tiene dificultades para comer. Los peligros son pues por un lado la falta de oxígeno y por otro la falta de agua y alimento. La presencia de un cuadro así requiere la valoración del médico.

 Además de éstas, que son las más específicas de este período, todas las infecciones de las vías respiratorias altas aumentan su presencia. Las rinofaringitis, las laringitis, las otitis, las amigdalitis suelen cursar con fiebre pero todas ellas tienen habitualmente una buena evolución y curan por sí solas. Es muy recomendable tratar de evitar el empleo sistemático de antibióticos. Estos deben limitar su uso a situaciones clínicas claramente definidas, no producidas por virus y ello requiere siempre la valoración del pediatra.

 En resumen, el invierno trae consigo una serie de cambios en el entorno y en el propio niño. Los padres deben saber que es normal que el niño enferme más, y que la mayoría de las veces se trata de enfermedades poco graves que evolucionan espontáneamente hacia la curación en dos o tres días.