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La Vanguardia

Joan Tristany, Director General de amec

La era de la liberalización

La maquinaria industrial en España ha sido uno de los sectores pioneros en muchos  de los procesos como la apertura internacional, la innovación, la colaboración con otras empresas o la propia internacionalización. Hoy, no sólo ha consolidado su presencia en el exterior sino que, en muchos casos, se ha convertido en una referencia internacional.

Esta situación, como casi todo, tiene explicaciones, algunas de las cuales las debemos buscar unas cuantas décadas atrás.

La maquinaria industrial es un sector de actividad bastante homogéneo en los procesos productivos necesarios para la fabricación de equipos, pero muy heterogéneo desde la perspectiva de la aplicación de los productos, lo que determina  que nos encontremos ante un sector con un alto grado de subsectorización: de la maquinaria para la industria textil hasta la maquinaria para la transformación de plásticos, o desde la maquinaria para la industria alimentaria hasta la máquina herramienta. Elevada homogeneidad al inicio de la cadena de valor con aumento progresivo de la  heterogeneidad en las etapas posteriores.

Otra característica del sector es el alto grado de concentración geográfica por subsectores, e incluso la formación de clusters en diversas zonas geográficas dentro de nuestro país.

El nacimiento de muchas de estas empresas, e incluso la vertebración de numerosos subsectores de maquinaria industrial, se vieron favorecidos por una etapa de autarquía en nuestro país, la cual, debido a la dimensión relativamente pequeña del mercado al que se dirigían, no fue impedimento alguno para que posteriormente estas empresas fabricantes de maquinaria industrial iniciaran muy pronto su singladura hacia el exterior. El crecimiento sólo era posible ganando cuota en el exterior.

Evidentemente, la internacionalización del sector ha gozado de las bondades generales de unas mejores redes de comunicación, tanto para las personas como para las mercancías o simplemente para la información, pero además, la maquinaria industrial ha sabido aprovecharse de una tendencia mundial de liberalización del comercio y desde siempre, y hablamos de forma general, las barreras arancelarias no han sido un escollo insalvable. No resulta fácil encontrar en las agendas de los negociadores de acuerdos de liberalización grandes aspectos referentes a la maquinaria industrial. Tanto es así que las presiones más proteccionistas han aparecido en los países con los que competimos a través de barreras no arancelarias, obstáculos técnicos al comercio.

Quizás el hecho de que la maquinaria industrial se haya producido tradicionalmente y hasta hace muy pocos años, sobre todo en los países más desarrollados –UE, EE.UU. y Japón–, no ha impedido que la liberalización arancelaria haya tenido una gran profundidad y velocidad, tanto en los acuerdos y negociaciones bilaterales como en los multilaterales.

La protección ha venido por la vía de la protección del usuario, de las personas que utilizarán la máquina, creándose, por ejemplo, en la UE la Directiva de Seguridad en Máquinas. No existen aranceles, pero sí unas normas que cumplir.

Sin embargo, el mapa de la producción mundial de la maquinaria industrial ha cambiado mucho y de forma muy rápida con la aparición en escena de países en vías de desarrollo que se hallan en un proceso de mejora progresiva de sus productos, los cuales van ganando calidad, a unos precios más bajos que los obtenidos en los países más desarrollados, debido a unos menores costes productivos, no sólo por la retribución de sus trabajadores, sino también por la casi inexistencia de cargas sociales, de requisitos medioambientales, o de seguridad para los trabajadores y, además, con altos apoyos públicos a la exportación.
Estamos, pues, ante una situación de gran liberalización arancelaria pero con situación de competencia con grandes imperfecciones, como son, por un lado, entornos productivos   diametralmente   distintos   y   con  clara  incidencia  sobre  los  costes  de producción, y, por otro, unas exigencias de regulación de mercado en los países más desarrollados, que también inciden de forma directa sobre la estructura de costes pero, además, con un modelo de ‘autocertificación’ que muchas veces no viene acompañado de la correspondiente vigilancia de mercado.

Todo ello nos lleva a que la innovación, que siempre ha sido un factor de mejora de la competitividad en este sector, ahora sea el principal factor.

Es un sector en el que la orientación al cliente es clave, y ello ha llevado a que cada vez se hagan menos productos seriados y se tienda a productos a medida. Se fabrican soluciones para el cliente, y cada cliente tiene unas necesidades específicas. La flexibilidad y versatilidad son dos de los atributos más valorados en el sector. Así, las empresas han tendido a potenciar y retener la actividad de diseño de las máquinas a partir de las necesidades de los clientes, y han ido externalizando otras fases del proceso productivo hacia una industria auxiliar muy especializada en cada parte del proceso. Hace mucho que es prácticamente inexistente el modelo de integración vertical de la producción. Otra consecuencia de este enfoque al cliente es la potencia e importancia que se da a los servicios técnicos postventa.

Junto a la innovación, el servicio y la capacidad para especializarse y retener las etapas clave del proceso productivo, como el diseño de los equipos, son los tres grandes retos necesarios para mantener la competitividad imprescindible y seguir ganando cuota en los mercados internacionales.