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La Vanguardia

Imma Riu, Psicòloga clínica | ÏTEM. Centre de Psicologia

CON LETRA PEQUEÑA

Publicado en la revista Infància, 153 de noviembre-diciembre de 2006, de la Associació de Mestres Rosa Sensat

Los padres se angustian al plantearse varios interrogantes. Compaginar trabajo y familia no resulta nada fácil, y menos aún si se tiene la sensación de que hay que hacerlo todo bien: hay que saber cantar, jugar, estimular, hablar inglés… Es por esto que van a la búsqueda de recetas mágicas, encontrando en el mercado libros, métodos y todo tipo de asesoramientos, cuando lo más fácil sería tranquilizarse, tomarse un respiro y llegar a donde se pueda, tratando de ser feliz.

Vuelvo a casa tras la charla en la última guardería infantil. ¿Cuántas charlas habré dado durante estos años? En general han ido bien. Madres atentas a las esperadas recetas mágicas. Alguno que otro padre –¡cada vez más!– rompiendo con los estereotipos. Y, como de costumbre, las mismas preocupaciones (los hábitos de comer y dormir, las rabietas, los miedos, los celos)… ¿o quizás exista alguna más? Dando una charla en una escuela, una madre me comentó:

–No lo entiendo. Mi madre crió a cuatro hijos, trabajaba y no tenía tantas preocupaciones y angustias…
–Es cierto, seguramente salió adelante con más tranquilidad que muchas madres de hoy en día que sólo tienen un hijo. La diferencia –le contesté– es que nadie le dijo que si no le daba el pecho a su hijo es que no lo quería lo suficiente, que era necesario estimular a los hijos, fomentar la lectura, los buenos hábitos, no malcriarlos –o sea, nada de llevarlos a cuestas– y un sinfín de consejos que profesionales, vecinas y amigas con la mejor intención –y una buena formación, sobre todo– se encargan de dar. Posiblemente tu madre no se pasó veinte años o más formándose para una profesión de futuro o un cargo importante… hasta que el reloj biológico le pide que interrumpa dichas aspiraciones para, no tan sólo introducir otras, sino –aún más difícil– compaginarlas. Ah, y siendo un 10 en todo, claro está. Simplemente se limitó a seguir adelante.

Me gustaría profundizar sobre estas preocupaciones, las que no aparecen en los manuales. Reflexionar sobre la letra pequeña. Pondré varios ejemplos y mi respuesta en cada caso.

– ¿A qué tengo que jugar con mi hijo?
– ¿A qué te gusta jugar? Si tú te diviertes, seguro que él también.
– Desde que tuve a mi hija hace un mes, toda la familia me está insistiendo en que no la coja en brazos porque la malcriaré.
– ¿Y por qué tienes que privarte de ello? Si, paulatinamente, consigues que se duerma sola, no sobre tu hombro, que cuando llore aprenda a esperarse un poquito hasta que acudes…, ¿por qué no puedes cogerla en brazos si te apetece?
–¿Es malo jugar a comiditas cuando llegamos a casa?
–Es que como hay que fomentar el hábito de la lectura en los niños –¡con un año y medio!– desde que son pequeños… ¿Mejor deberíamos ponernos a mirar cuentos?
–Mira, yo, cuando llego a casa, me pongo a preparar la cena.

Parece ser que ahora todos echamos de menos a aquellas madres que estaban siempre en casa y magnificamos dicha situación. Estando en una ocasión con un grupo de familias, pregunté: “¿Alguno que de pequeño tenía a su mamá en casa, recuerda si ésta se sentaba con él en el suelo para jugar? ¿Para contar cuentos? ¿Para pronunciar palabras en un inglés perfecto?” (Es que lo que no aprendan a los tres años, costará más después, afirman los entendidos.) Nadie levantó el brazo. Ahora pueden estimular la psicomotricidad, la lectoescritura, ayudar a hablar idiomas, educar el oído para la música… ¿No podemos hacer simplemente de padres? Ello me lleva a pensar en otra de las preguntas clásicas:

– ¿Qué puedo hacer para estimular la inteligencia de mi hijo? ¿Qué libro puedo comprar?
–Ninguno. Deberíais salir a pasear e irle comentando lo que ves, cantar canciones, buscar manos y pies desaparecidos cuando os vestís, dejar que remueva el agua, jugar con cualquier cosa, incluso con el tapón o el grifo en la bañera. Con todo lo que pueden aprender sólo con las actividades diarias, ¿creéis necesario realizar un master en el fomento de la inteligencia de los niños de 0 a 3 años? Además, ¿disponéis de tanto tiempo?
– Los niños y niñas pasan mucho rato en el patio. Deberían trabajar más en clase.
– ¿Sabéis la gran cantidad de cosas que aprenden en el patio? A compartir, a esperar, a tolerar frustraciones, a buscarse la vida para no aburrirse…
– ¿Qué podemos hacer cuando nuestros hijos (éstos eran más mayorcitos) nos dicen que se aburren?
–Nada. ¿Verdad que si nos aburrimos tarde o temprano deberemos buscar algo para salir de ese desagradable estado? ¿Se lo hemos permitido a los niños y niñas de hoy? Los cochecitos están llenos de juguetes, al igual que las sillas para los coches, abarrotadas de muñequitos y juguetes con música –o ruido– para que el bebé se distraiga… ¡ah, y para que se le estimulen las neuronas, faltaría más! Los ratos en casa los dedicamos a ofrecerles el televisor y todos los juguetes para que no se aburran, por no mencionar los bolsos de las mamás, repletos de galletas, la botella de agua, sonajeros y demás, no vaya a ser que el niño tenga sed y hasta llegar a casa, que son diez minutos, sufra una deshidratación o, mucho peor, lo matemos de hambre, causándole desnutrición como mínimo. Es curioso: dicen que los niños de hoy en día lo quieren todo inmediatamente, que no toleran frustraciones, que no valoran nada. ¿Por qué será?
– Mi hija ya ha cumplido un año y todavía no camina…
– ¿Quién dice que todos los niños deben caminar al año, o hablar a los dos o, aún peor, controlar el pipí en la primavera, con la llegada del buen tiempo? En los veinte años que llevo en el mundo de la escuela maternal, no he visto a ningún niño que no acabe caminando, hablando y controlando los esfínteres, tarde o temprano. Y ahora son iguales que el resto.
– Es increíble, desde que hablamos contigo y nos dijiste que era normal –o con el pediatra que nos dijo que no le iba a pasar nada si no comía–, curiosamente aquella noche o aquel día, antes de empezar a aplicar las pautas que nos diste, ya durmió –o empezó a comer.
– ¿No será que os tranquilizasteis?
Los maestros de las escuelas de primaria –y aún más de secundaria– dicen que los padres no se preocupan por sus hijos. ¡No me extraña –pienso–, si ya se lo han gastado todo antes de que su hijo cumpla los tres años!

Un consejo: estad a gusto. Si os gusta vuestro trabajo, disfrutad y, por la noche, al llegar a casa, decidles a vuestros hijos que estáis contentos de ser quienes sois y de estar con ellos. ¿Qué motivación van a tener los niños por el trabajo si lo ven como un castigo que no les permite a sus papás estar con ellos y que se hace por obligación? Por otro lado, unos padres frustrados, con sentimientos de culpabilidad, ¿qué pueden enseñar? Alegraros si vuestros hijos han estado bien en la escuela, si han jugado con la canguro o si la abuela les ha comprado un pedazo de bizcocho. Si eso es lo que tenemos en la actualidad, mejor será normalizarlo. No pasa nada. Para vuestros hijos será algo normal. Y también debería serlo para nosotros.

Afortunadamente, todo puede aprenderse, incluso a hacer simplemente de padres y madres. ¡Suerte!