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La Vanguardia

Xavier F. Vidal, Jefe de redacción de Pymes

Editorial

La seguridad se ha convertido en uno de los grandes temas de nuestro tiempo, a pesar de que el concepto, tal y como lo concebimos actualmente, tiene su origen con la aparición del Estado moderno, hace más de dos siglos. Las realidades actuales que dibujan las nuevas formas de terrorismo o las consecuencias de las cada vez mayores corrientes migratorias, exacerbadas por la “cultura del miedo”, abren el debate sobre el grado de seguridad en la sociedad actual. No es un tema fácil de abordar, por cuanto la seguridad no siempre puede medirse en términos objetivos, siendo muchas veces una simple percepción, y porque asimismo remite directamente a otros conceptos fundamentales, como es el de la libertad. ¿Debe ser el Estado el garante total de la seguridad de los ciudadanos?¿Qué papel juega entonces el concepto de “libertad”? ¿Son compatibles? Como opina en esta misma página el catedrático de Filosofía del Derecho José Martínez de Pisón, “ambas, libertad y seguridad, están indisolublemente unidas y suelen configurarse en una indescifrable y agónica tensión que cíclicamente aparece en sus formas más trágicas cuando despliega sus consecuencias sobre la vida social, sea local o global”. Coartar la libertad en pro de la seguridad es un tema espinoso, pero no hay duda de que, tanto para las personas como para las empresas, la protección es una inversión rentable.

Hemos empezado dando este enfoque al tema para introducirlo desde una perspectiva global y a su vez profunda. Pero simplemente queremos constatar una realidad: cada vez hay más preocupación por lo relacionado con la protección. En Catalunya, de hecho, mientras que desde los organismos oficiales se insiste en que la tasa de criminalidad baja año tras año, las encuestas reflejan que la población se siente cada vez más insegura. La búsqueda de la seguridad ha existido siempre pero, paradójicamente o no, cuanto mayor es el bienestar en una sociedad más se teoriza sobre el tema.
Pero la “seguridad” no se circunscribe únicamente a la protección del ciudadano ante amenazas (robo, violencia, terrorismo, etc.). El término “seguridad” es aplicable a muchos otros aspectos, como por ejemplo la prevención de riegos laborales. La siniestralidad en el puesto de trabajo ha sido un problema en el pasado y lo sigue siendo ahora. Parece que poco a poco se va tomando conciencia, por parte de la administración, del empresario y del trabajador, de la necesidad de prevenir riesgos, a pesar de que aún estamos en el furgón de cola de Europa en cuanto a siniestralidad laboral. Los medios de comunicación ofrecen noticias trágicas sobre accidentes laborales con demasiada frecuencia, siendo recurrentes las informaciones, por ejemplo, sobre muertes en el sector de la construcción (a pesar de que hay otros campos donde la siniestralidad es más alta proporcionalmente, como el sector del petróleo y el gas natural, con más de 1.800 muertes por cada 100.000 accidentes, así como los sectores de la explotación forestal, la energía eléctrica, el transporte aéreo o los materiales electrónicos).

Asimismo, la seguridad también es aplicable a campos tan diversos como el de la prevención de incendios o el de la protección de datos. Son sectores diferentes pero con un denominador común que también se asocia a lo anteriormente comentado: la vulnerabilidad, siendo real o siendo una percepción, va acompañada de una mayor concienciación, y posteriormente le sigue un nuevo marco legal. En este suplemento especial hemos querido tratar la aplicación de algo tan amplio como es “la seguridad” en diversos ámbitos: no sólo la protección (personas, empresas, información, viviendas...) sino también la prevención (riegos laborales, incendios) y, por supuesto, el sector asegurador. Y lo hemos englobado en un solo monográfico porque, en cierto sentido, todos tienen una base común, que es intrínseca al propio ser humano: el espíritu de supervivencia.

Las nuevas realidades, incluyendo las nuevas tecnologías, provocan en la sociedad actual nuevos estados de indefensión, reales o no. La cuestión, nada fácil, es buscar un término medio entre la protección del individuo y su derecho a gozar de una libertad responsable. Sin duda es un gran reto, en el que la vigilancia y el control del ciudadano por parte del Estado deberían ser a su vez “inspeccionados” por el mismo ciudadano si no se quieren dar señales de debilidad en la salud democrática. No hay duda de que la seguridad es algo fundamental y la clave es encontrar un equilibrio; es por ello que la frase de Benjamin Franklin “aquellos que cederían la libertad esencial para adquirir una pequeña seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad” se nos antoja, cuanto menos, discutible.