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La Razón

Miguel Temboury Redondo, Socio y Director del Departamento de Derecho Administrativo de PEREZ-LLORCA

¿Qué hace falta para ser un buen abogado?

Algunas veces se escuchan respuestas tales como: “un buen abogado debe sentirse ante todo identificado con la firma a la que pertenece”, como si de un equipo de fútbol se tratara.

Creo sinceramente que debe mantenerse un enfoque distinto: es la “firma” la que debe sentirse identificada con sus abogados, siendo el principal deber de estos el identificarse con el cliente y con sus necesidades. En el fondo la cualidad esencial que debe inspirar a un buen despacho y a un buen abogado es la que, en general, debe inspirar a cualquier buena persona: la lealtad.
La pregunta inicial se transforma en consecuencia en otra distinta: ¿qué implica la lealtad de un abogado y de un despacho hacia su cliente? En mi opinión tan importante cualidad exige a su vez las siguientes virtudes o habilidades:

• La capacidad de discernimiento, que permita distinguir lo importante de lo accesorio e identificar el verdadero problema u objetivo perseguido por el cliente, e incluso su verdadero interés.

• La independencia de criterio y la sinceridad, que le permita aconsejar siempre si el objetivo buscado por el cliente es o no posible en Derecho, con expresión clara de los riesgos que implica cada una de las alternativas existentes.

• La firme voluntad de vencer, es decir de alcanzar por todos los medios existentes en Derecho los objetivos encomendados por el cliente de acuerdo con el asesoramiento previo ofrecido.

• La incesante preparación y capacitación técnica, con el fin de poder actuar con rapidez, eficacia y con cumplimiento de las tres exigencias anteriores.

• Y, siempre, por supuesto el respeto estricto y escrupuloso hacia todos los deberes deontológicos de la profesión de abogado, entre los cuales cabe citar de forma muy principal la confidencialidad y la salvaguarda respecto a todo conflicto de interés.

Estas exigencias específicas se manifiestan en una constante formación técnica y deontológica, de acuerdo con los principios antes enunciados, y en una justa remuneración del esfuerzo individual, a través de la posibilidad de una carrera profesional y de una adecuada retribución.

Los despachos de abogados  deben tener el firme convencimiento de que la fidelización de sus profesionales no es un requisito, sino una consecuencia, de la lealtad con ellos y con los clientes. Y deben creer también que si consiguen fidelizar a los mejores abogados, es decir a los más leales, conseguirán también fidelizar a sus clientes.

Perez-Llorca

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