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La Vanguardia

Dra. Susana Redecillas Ferreiro, Raquel Lorite Cuenca (Dietista), Unidad de Soporte Nutricional (Hospital Vall d’Hebron)

El niño mal comedor

En general, cuando hablamos del “niño mal comedor” nos queremos referir a aquellos niños que habitualmente presentan una anorexia conductual; es decir que su falta de apetito no se debe a ninguna enfermedad (infecciones, enfermedades gastrointestinales, enfermedades crónicas, etc). Suele ser un proceso multicausal, en el que puede influir  la ansiedad excesiva de los padres  en torno al peso del niño. Son niños que rechazan selectivamente gran variedad de alimentos, pero sí comen de otros. En algunas ocasiones puede llegar afectar al peso del niño, pero en la gran mayoría, a pesar  de que el niño pueda parecer que ingiere pocas cantidades, mantiene un peso y talla correctos y un estado nutricional satisfactorio.

El tratamiento del niño poco comedor suele ser difícil. Requiere tiempo, paciencia y la seguridad  de los padres de que  están haciendo lo correcto, educando a su hijo en unos buenos hábitos alimentarios. Es importante que exista un apoyo dietético adecuado y a la vez establecer unas normas de conducta alimentaria.

En cuanto a las recomendaciones dietéticas, deben hacerse conociendo los hábitos dietéticos de la familia así como los gustos del niño. Debemos tener siempre como base una dieta equilibrada y  a partir de aquí podemos seguir algunos trucos, como concentrar los nutrientes. Intentaremos que en el mínimo volumen de comida haya las máximas calorías; lo podemos conseguir suplementando nuestra dieta habitual de una forma casera. Por ejemplo, añadiendo a nuestros purés de verduras o sopas queso rallado, quesitos, leche en polvo, picatostes, huevo picado, trocitos de jamón o de pollo, etc. También podemos rebozar las carnes o pescados en leche, harina, pan rallado, huevo o añadir frutos secos molidos a salsas o yogures; saltear las verduras con beicon o jamón o prepararlas con salsas tipo bechamel. En cuanto a los postres, podemos acompañar por ejemplo las frutas de nata, miel, chocolate, hacer batidos de frutas con leche o yogur, etc.

Es fundamental que la dieta sea lo más variada posible, incorporando alimentos de todos los grupos, Debe evitarse la monotonía e introducir nuevos sabores y texturas diferentes, y esto puede y debe hacerse ya desde bien pequeños: por ejemplo no preparar las papillas siempre con los mismos ingredientes, variar las verduras, las carnes y pescados, su cocción (hervidas, plancha, horno, rebozados…), las frutas (variarlas, combinarlas de forma diferente, hacerlas en compota, añadir cereales, galletas, yogur…).  Y desde luego para los niños es importante que los platos “entren por los ojos” en cuanto a cantidad (platos con pequeñas cantidades) y a calidad (platos con colores vistosos o incluso formando algún dibujo…). Puede ser muy útil que el niño colabore en la elaboración de los platos. En determinadas ocasiones, cuando no dispongamos de demasiado tiempo, la cocina no sea nuestro fuerte o salgamos de viaje, pueden ser útiles algunos suplementos energéticos comerciales (como sobres para añadir a la leche o barritas energéticas). Puede ser también un buen recurso en situaciones de mayor gasto energético, como niños que practican deporte a menudo.

Todo ello debe ir acompañado de una correcta conducta alimentaria: el ambiente en el que se le da de comer al niño debe ser relajado y sin prisas; para los niños, sobretodo los más pequeños, la comida es un juego y una nueva forma de relacionarse con su entorno. A veces puede ser útil que coman en guarderías o colegios para relacionarse con otros niños y evitar ambientes tensos familiares. Por último, añadir la gran importancia de que los niños coman en familia, no sólo para un buen desarrollo de sus hábitos alimentarios, sino porque además sentarse a la mesa  a comer es un motivo de interacción familiar. Compartir la comida fortalece la identidad y los vínculos familiares a través de la transmisión de una serie de patrones de conducta.