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La Vanguardia

Andrés Sánchez de Apellániz, Secretario General de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales del Metal (CONFEMETAL)

Remedios contra la deslocalización de la industria

La globalización, junto con la liberalización y la desregulación de los mercados, viene incrementando notablemente la competencia internacional en los últimos años. Pero se trata de una nueva competencia que no sólo se limita a plantear mayores exigencias a productos y servicios en términos de calidad y precio, sino que llega hasta la propia ubicación de las empresas industriales, subrayando un proceso del que nuestro país se ha beneficiado hasta no hace mucho y que, sin embargo, ahora está perjudicando la pujanza de nuestro tejido industrial.

El sector del Metal en España –más de 150.000 empresas y un millón y medio de trabajadores- es responsable del  40 por ciento de la producción industrial, de la mitad las exportaciones españolas y del 30 por ciento de la inversión en I+D+i. Pero esta industria que estructura y da consistencia a todo el entramado de la economía española, es también uno de los sectores más internacionalizados y, consecuentemente, más abiertos a la competencia.

Del propio grado de internacionalización del sector y de las características de nuestra estructura económica se deriva un crecimiento del riesgo de deslocalización, como el que se está sufriendo marcadamente en segmentos de actividad como los del automóvil y su industria auxiliar o las industrias electrónica y de electrodomésticos, entre otros. El antídoto contra ese mal es sencillo de enunciar y complejo de aplicar. Se trata de conseguir que la Industria del Metal en España siga siendo atractiva para trabajar e invertir en ella, es decir que siga siendo competitiva en un escenario global.  Para ello las recetas son conocidas y exigen una fuerte determinación y esfuerzo de todos los agentes económicos implicados en la actividad industrial, empezando por las distintas administraciones.

En el terreno del I+D+i, la Industria necesita que se reduzca su distancia a la comunidad investigadora, una fuerte inversión en investigación aplicada y que los futuros programas de investigación contemplen no sólo la financiación de infraestructuras de investigación sino también la de los proyectos. Los resultados de la investigación deben ser mejor aprovechados, sobre todo por las pymes, y la financiación debe dedicarse también al desarrollo de proyectos piloto y a la producción industrial.

Pero lo que decide la inversión empresarial y el lugar en el que se hace, es decir, lo que decide el éxito o fracaso de un sector en un país, son las condiciones marco en que operan sus empresas. En ese sentido, el actual marco –europeo, nacional, autonómico e incluso local- regulador de la actividad industrial es complejo y cambiante, y el conjunto normativo resultante perjudica la actividad, y  necesita de una revisión.

Paralelamente, no deben añadirse más requisitos a la legislación producida por instancias superiores, ni caer en el sinsentido de crear nuevas barreras a nivel nacional o autonómico mientras se pretende armonizar la legislación a nivel de la UE.  La coordinación entre administraciones debe evitar que las diferencias normativas rompan la unidad de mercado y sean un obstáculo a la actividad de las empresas y a su competitividad respecto a sus competidores internacionales.

Otro factor decisivo es la fiscalidad. Además de la reducción real del tipo medio de gravamen sobre la renta de sociedades en España, se han de dar facilidades para la compensación de pérdidas y un mayor grado de armonización fiscal, normas de depreciación, tratamiento de dividendos, deducciones, etcétera que  serían de gran ayuda, sobre todo para las empresas de nueva creación, las pymes y los negocios de alto riesgo.
Ser competitivo exige también contar con mercados laborales que permitan la movilidad –geográfica y funcional- y la legislación en ese terreno debe responder a la creciente demanda de nuevas formas de contratación que existe tanto entre las empresas como entre los trabajadores. Los costes salariales en Europa están también perjudicando la competitividad, y el reto está en mejorar la productividad sin poner en peligro la sostenibilidad de nuestro modelo social ni competir únicamente a través de los costes salariales.

Por último, una mano de obra bien cualificada que permita afrontar la globalización y los cambios tecnológicos es imprescindible y para ello se necesita una formación universitaria, profesional, ocupacional y continua, de alta calidad. También para mejor aprovechar la experiencia y las aptitudes del  personal cualificado, empresas y trabajadores deberán aceptar vidas laborales más largas, y las administraciones deben reconsiderar las disposiciones existentes que incentivan la salida temprana del mercado laboral. En cuanto a los jóvenes es responsabilidad de todos hacer atractivo el trabajo industrial, de modo que la incorporación de las nuevas generaciones haga viable el futuro industrial de nuestro país.

En la medida en que se avance en la aplicación de estos remedios, el problema de la deslocalización en nuestro país se irá amortiguando, porque todos ellos actúan sobre la verdadera enfermedad, la caída de la competitividad de la que la deslocalización es, probablemente, uno de los peores síntomas.