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La Gaceta de los Negocios

Entrevista a Fermín Vázquez, Arquitecto

"Lo más difícil en la arquitectura es emocionar, pero es esencial el servicio que presta"

XAVIER F. VIDAL. Fermín Vázquez, nacido en Madrid en 1961 y socio del estudio b720, es conocido sobre todo por la realización de la Torre Agbar, en Barcelona. Este proyecto lo llevó a cabo en colaboración con Jean Nouvel, y no es la única obra que ha realizado junto con otro arquitecto de renombre: actualmente, trabaja en la Ciudad de la Justicia junto con David Chipperfield, con el que remodeló el paseo del Óvalo de Teruel, y en las Torres de la Feria junto con Toyo Ito, ambas en Barcelona, donde tiene su estudio.
-Si le parece bien empecemos por hablar de sus obras y, más concretamente, por su obra más conocida, la Torre Agbar, que realizó juntamente con Jean Nouvel. ¿Qué es lo que más destacaría, a nivel técnico, de este proyecto?
Desde un punto de vista técnico lo más destacable quizás sea que, con una tecnología conocida, tratada de una manera diferente, se ha hecho algo nuevo y extraordinario. Como actitud, es algo contrario a los alardes tecnológicos, a pesar de la enorme dificultad de su construcción.
 -Un proyecto muy importante en marcha es el de la Ciudad de la Justicia. ¿Podría describirlo y por qué lo pensó de esta manera?
Lo que se pensó fue resolver dos problemas simultáneamente: por un lado, la alta densidad edificatoria en un lugar concreto de la ciudad, un lugar no especialmente bien estructurado de la ciudad, es decir, resolver el problema urbano. Por el otro, resolver el problema de la representación y la función de la justicia, desde el punto de vista de la institución judicial que iba a ir ahí.
 -¿De qué manera han logrado esta representación?
Se trataba de evitar caer en soluciones intimidatorias al ciudadano que debe pasarse por los juzgados, que tradicionalmente han tenido una imagen de severidad. Esto no es incompatible con el conservar la imagen de seriedad de la institución y la importancia de la solemnidad de la justicia, pero siempre entendiéndola como algo transparente y ágil; la idea era mantener este equilibrio.
 -¿Qué soluciones técnicas pensaron para tal efecto?¿Hablamos del uso del vidrio, quizás?
No necesariamente, no se trata de una trasposición literal. Al principio sí que lo pensamos, pero finalmente el vidrio no tiene un papel fundamental. Se trataba básicamente de evitar una visión severa y grave mediante una composición poco rígida, fragmentada, prescindiendo de piezas unitarias y organizaciones ortogonales. Por ello propusimos este conjunto disgregado pero a su vez armónico.
 -En cuanto a su concepción personal de la arquitectura, usted ha declarado en  alguna ocasión que si la arquitectura no presta un servicio, no es tal, y que la prioridad es el cliente, ¿qué papel juega entonces la creatividad cuando la necesidad es lo primero?
La idea no es que sea lo primero, es que es  esencial. Al hacer arquitectura, no hay que olvidarse que se está resolviendo un problema de alguien. No es que sea prioritario, es que es inevitable, intrínseco a la arquitectura, e intentar evitarlo es ir en contra de la propia arquitectura. Lógicamente hay que atender a su capacidad de generar belleza, es una búsqueda también consustancial a la arquitectura... y si no belleza, sí generar emociones. Buscar experimentaciones artísticas únicamente o, su contrario, buscar solamente respuestas pragmáticas a una necesidad concreta son actitudes extremas que en mi opinión quedan fuera de lo que entendemos por arquitectura.
 Pero no me entienda mal, es mucho más difícil conmover con un edificio que resolver un problema funcional.
 Esto puede parecer una obviedad, pero uno tiene la sensación de que hace falta recordarlo en un mundo en el que paradójicamente la arquitectura tiene un creciente potencial mediático al tiempo que la inmensa mayoría de lo que se construye difícilmente puede calificarse como arquitectura y que ser buen arquitecto es algo que se disocia de la fiabilidad profesional.
 -Muchas veces al describirse un edificio se habla del sentido metafórico de su forma –usted mismo antes al hablar de la Ciudad judicial- ¿No es un contrasentido hablar de simbolismo buscado cuando lo primero que se quiere es cubrir una necesidad?
Está claro que no debe haber supeditación en absoluto. Tan esencial es resolver el problema del ciudadano que va al juzgado como la imagen que la justicia debe dar de sí misma en el siglo XXI en una ciudad contemporánea, o la calidad del espacio público que con el edifico se genera. No debe jerarquizarse, hay una obligación profesional de atender a estas necesidades en igual orden de importancia.
 -Me refería más bien al arquitecto que lo primero que menciona de su edificio es lo que representa metafóricamente.
Bueno, unas veces son metáforas, otras analogías, otras simbologías, homenajes, el caos... últimamente se habla mucho de conceptos, y hay exceso de conceptualismo. Creo que se trata de herramientas o apoyaturas intelectuales que nos ayudan a encontrar un camino al proyectar. Probablemente no son más que manifestaciones idealizadas de nuestros mecanismos neuronales asociados con el sentido de la belleza y el innato interés en su búsqueda.
 -Muchas voces abogan por ir más allá de la funcionalidad de la obra en el sentido de afirmar una “obligación” de la arquitectura en el campo de lo social, además de, por supuesto, la integración urbanística, que es lo que se critica muchas veces del “star-system”.
Sin duda, desde el momento heroico de la modernidad, mucho de la función social como motor de la evolución de la arquitectura sí que se ha perdido. Lo vemos en la falta de discurso arquitectónico sobre la vivienda, en una sociedad que tiene un gravísimo problema en este aspecto. Yo creo que no sólo atañe a la arquitectura, sino a una sociedad que ha tenido un descuido por lo público en general. Pero sí es cierto que los arquitectos deberíamos pensar más en la función social de nuestra profesión, aunque no somos los agentes más importantes en la realidad construida de nuestras ciudades, sino sólo una parte cada vez menos influyente.
 -El reto de integrar un edificio en la trama urbanística de una ciudad siempre debe ser un reto para el arquitecto. En el caso de Teruel, supongo que el reto para ustedes habrá sido mayor, si cabe, por tratarse del casco antiguo. ¿Fue esto lo primero que pensaron al concebirlo?
Sí. Todos los entornos que merecen ser preservados, como el de Teruel, suponen un ejercicio en el que hay que tener un especial cuidado, pero también hay que entender que cada época tiene unas necesidades nuevas, que deben ser incorporadas a la ciudad. En este caso se requería un nuevo acceso a una zona muy diferente al que se había construido 100 años antes.
 -¿Se refiere al ascensor insertado a la muralla?¿Es entonces algo lógico, nada atrevido?
Para nada es atrevido. Quizá lo más interesante del proyecto sea lo potente del resultado con una extraordinaria contención de recursos arquitectónicos Es una respuesta muy cuidada a una nueva necesidad. Se trata de  un entorno antiguo, de especial belleza, pero de lo que se trataba era de sumar, y se hizo una intervención que mejoró el entorno urbano sin restarle nada a su calidad.
 -En la búsqueda de la adecuación a la obra, supongo que en su caso la elección de materiales e incluso colores será cualquier cosa menos caprichosa.
Todas las decisiones deben tener un sentido y responder a la coherencia del proyecto. Hace poco Moneo ha hecho una interesante reflexión sobre la arbitrariedad en la arquitectura que nada tiene que ver con lo que se entiende normalmente por caprichoso Las decisiones afectan a los materiales y colores, pero también a la composición, el orden, la estrategia, la forma, etc. Pero es cierto que la arquitectura es literalmente la materialización de ideas, “solidificación de la cultura” y las decisiones relativas a los materiales son muy meditadas.
 -En cuanto a las Torres de la Feria de Barcelona, aún teniendo relación con la Torre Agbar, supongo que su concepción habrá sido muy distinta.
Son diferentes. Las Torres de la Fira son dos piezas que dialogan íntimamente, mientras que la Torre Agbar tiene un fuerte carácter unitario. Pero tienen muchas cosas en común. Tienen un carácter emblemático y se trata de edificios en altura que puntúan la ciudad en lugares importantísimos de la transformación de Barcelona y L’Hospitalet.
 -¿Cuál podría considerarse su estilo propio, ya que ustedes realizan muchos trabajos en colaboración con otros arquitectos?
Nos gustaría no depender de un estilo, no tenemos vocación de construir un estilo propio: queremos liberarnos de esto y abordar cada proyecto obligándonos a pensar sus condiciones de partida. Es una satisfacción descubrir nuevas formas de hacer en cada proyecto y por eso ha sido una suerte haber podido colaborar con colegas muy prestigiosos.
 Supongo que con el paso del tiempo, por mucho que hayamos querido tener una actitud libre de maneras permanentes, probablemente se descubra que inevitablemente habrá habido un denominador común. Lo que sí es cierto es que siempre habremos tenido una actitud profesional de autoexigencia en todo lo que hayamos hecho, sin apriorismos, responsabilizándonos siempre del proceso y del resultado.